Por Melina Bianchi

La controversia creada alrededor del reconocimiento legal sobre la adopción en parejas homosexuales se sigue generando.
Una gran mayoría de la sociedad cree que el matrimonio es una institución que nace de la naturaleza, que está destinada a unir a la mujer con el varón para la realización del amor mutuo, para la procreación y educación de los hijos. Bajo ese mismo concepto, las uniones de dos personas del mismo sexo no pueden constituir un matrimonio. Afirman que reconocer esa verdad no es practicar una discriminación, que es la naturaleza (no la ley) la que se opone a que esa unión sea asimilada al matrimonio.

Se sabe que adoptar un hijo no es tarea sencilla: exige afrontar gastos, tanto en el orden material como en el espiritual, que no pueden ser desconocidos. Basta con tener en cuenta que un hijo supone asumir compromisos de toda índole, ya sean morales, sociales, económicos, etc. En tal sentido, resulta muy destacable que nada menos que 600 matrimonios o parejas decididas a casarse se hayan postulado en esto días par adoptar a una niña de tres años y a su hermanita de un año y medio que sufre una miocardiopatía aguda dilatada, que al nacer fueron abandonadas por su madre.
Por lo tanto, de ningún modo puede recibirse con rechazo el deseo de los homosexuales de convertirse en padres adoptivos. Es necesario evitar argumentaciones o razonamientos que puedan resultar agraviantes para quienes guardan una aspiración tan generosas y respetable como la adopción.

El factor principal que se debe considerar es siempre el interés del menor. Así como en el caso de dos hermanos se debe priorizar la posibilidad de que ambos sean adoptados por la misma familia. En cualquier otro caso se debe favorecer siempre la adopción que brinde las mayores garantías posibles de que el menor accederá a una educación orientada a lograr un desarrollo normal y armónico.